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El “Juego de los Diablos”

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Latigazos, máscaras y memoria colonial en Tanlajás
 
Por Rigoberto González
 
Tanlajás.– Lo que para muchos es una tradición pintoresca de Semana Santa, podría ser en realidad la huella viva de los castigos impuestos en las haciendas coloniales, así lo revela una investigación académica inédita sobre el llamado “juego de los Diablos”, un ritual ancestral que mezcla látigos, máscaras y enfrentamientos simbólicos en la Huasteca potosina.
El estudio, publicado en agosto de 2025 en la revista TLATEMOANI por el investigador Hugo Abraham Moreno Pozos, documenta —a partir de testimonios orales de ancianos y artesanos— que esta práctica pudo haber surgido como una crítica simbólica al poder colonial, transformándose con el tiempo en un ritual de identidad, resistencia y cohesión comunitaria.
Cada Semana Santa, hombres conocidos como “Diablos” se cubren con máscaras de madera llamadas pemoche y portan látigos conocidos como chirriones para enfrentar a los toreadores, vecinos que los retan con un palo en la plaza principal. Aunque el espectáculo parece violento, está regido por normas estrictas: los latigazos solo pueden dirigirse a las piernas, está prohibido participar en estado de ebriedad y la identidad del Diablo jamás debe revelarse.
Para los hombres de Tanlajás, resistir los azotes es un rito de paso, una prueba de fortaleza y virilidad. Para la comunidad, el ritual representa la lucha simbólica entre el bien y el mal.
El ciclo concluye el Domingo de Resurrección con la quema de un muñeco llamado “el mono” y la lectura de un testamento burlesco que satiriza a personajes del pueblo, sellando así la victoria temporal del bien.
La tradición, sin embargo, no ha sido estática. Hasta la década de los 80, los Diablos recorrían todo el pueblo. Tras un incidente en el que uno de ellos fue arrastrado por un caballo luego de azotar a un forastero, las autoridades y organizadores decidieron concentrar el ritual en la plaza principal para tener mayor control.
También ha habido cambios en la participación. Aunque originalmente solo intervenían hombres mestizos, hoy —no sin resistencias— se permite que mujeres e indígenas participen como toreadores. Además, se incorporó el personaje de “la Diabla”, una figura cómica interpretada por hombres que parodia los roles femeninos.
La investigación advierte que los jóvenes del pueblo ya desconocen el origen y las transformaciones históricas de esta tradición. Al depender casi por completo de la memoria oral, el significado profundo del ritual corre el riesgo de perderse con el paso del tiempo.
“Los Diablos de Tanlajás” son, según el estudio, un ejemplo de cómo las comunidades reelaboran su historia a través del ritual. Aunque la violencia es controlada y simbólica, su carga histórica sigue vigente: un recordatorio del pasado colonial y una afirmación de identidad local única en México.