
Rigoberto González
En el corazón de la Huasteca —región que abarca partes de seis estados del oriente de México— el maíz no es solo alimento: es identidad, memoria y resistencia cultural, para los pueblos originarios, en especial los tének, sembrarlo sigue siendo un acto sagrado que conecta el presente con una tradición viva de más de cinco siglos.
Una investigación titulada “La tradición agrícola mesoamericana. Apuntes etnohistóricos sobre el cultivo del maíz en la Huasteca” confirma que muchas de las prácticas descritas por frailes del siglo XVI continúan vigentes en comunidades tének de San Luis Potosí, como Santa Bárbara y Eureka, en el municipio de Aquismón.
El estudio revela que el maíz es concebido como un ser con espíritu propio, llamado Thipak, representado como un niño, cada cosecha se celebra con el ritual del “kwetom talab”, donde se seleccionan doce mazorcas y se invita a doce niños de la comunidad, en una ceremonia de agradecimiento que incluye alimentos tradicionales como bolim, atole y chocolate, y que mezcla creencias indígenas con elementos del catolicismo.
Desde la preparación de la tierra, el proceso está cargado de simbolismo. Antes de limpiar el terreno se pide permiso mediante un rezandero, la siembra se realiza con la coa —un palo puntiagudo— y se siguen las fases de la luna, tal como se hacía en tiempos prehispánicos. Incluso las herramientas son tratadas con respeto, pues en la cosmovisión tének todo lo que participa en el cultivo tiene vida y esencia.
Las crónicas coloniales ya describían el sistema de roza, tumba y quema, método que aún se practica, y también el almacenamiento de las mazorcas sobre el fogón, donde el humo las protege de plagas, una técnica registrada hace más de 400 años y que sigue vigente.
Sin embargo, la investigación advierte sobre una amenaza: la milpa tradicional, donde el maíz convive con frijol, calabaza y otras plantas, está en retroceso. Los altos costos de producción, la falta de apoyos y la presión sobre la tierra están llevando a muchas familias a sembrar solo maíz o a abandonar el policultivo, poniendo en riesgo un sistema agrícola que es, al mismo tiempo, sustento, ecosistema y herencia cultural.
Más que un cultivo, el maíz sigue siendo en la Huasteca el eje de una forma de vida: una manera de honrar a los ancestros, defender la identidad y mantener viva una tradición que, hasta hoy, sigue sembrándose en cada milpa.



