
Por Rigoberto González
Este 2 de febrero, México y gran parte del mundo celebran el Día de la Candelaria, una fecha que combina fe, memoria comunitaria e identidad cultural. En el calendario cristiano, conmemora la Purificación de la Virgen María y la Presentación de Jesús en el Templo, 40 días después de la Navidad, motivo por el cual se realiza la tradicional bendición de las velas, símbolo de Cristo como “luz para alumbrar a las naciones”.
En el país, la festividad va más allá de lo religioso. La Candelaria se entrelaza con raíces prehispánicas ligadas al ciclo agrícola y al maíz, ya que en el antiguo calendario mesoamericano estas fechas marcaban el inicio de las siembras y las peticiones por buenas cosechas. Este sincretismo explica por qué la celebración sigue tan viva en pueblos y ciudades.
La expresión más popular es también la más esperada: los tamales y el atole. Quien encuentra al Niño Dios en la Rosca de Reyes se convierte en padrino o madrina y cumple con la tradición de invitar la tamaliza, un gesto que no solo es culinario, sino un acto de convivencia y solidaridad que reúne a familias, vecinos y compañeros de trabajo.
Aunque en México tiene un sabor muy particular, la Candelaria también se celebra en otras partes del mundo, como en Tenerife, España, donde la Virgen de la Candelaria es patrona y se realizan procesiones y actos públicos. Aquí, cada vela encendida y cada tamal servido recuerdan que esta fiesta es, sobre todo, una celebración de la luz, la continuidad y la comunidad.



