
Por Rigoberto González
Tancanhuitz. — En la comunidad indígena tének de Tamaletón, un ritual sagrado con más de 400 años de antigüedad dejó de ser una ceremonia privada dedicada a los dioses del maíz, la lluvia y la fertilidad, para transformarse en un espectáculo ofrecido a turistas previo pago, la Danza del Gavilán, equivalente huasteco a los Voladores de Papantla, se ha convertido en el eje de un proyecto de turismo indígena que busca generar ingresos en una región marcada por la pobreza y la migración, pero que también ha provocado tensiones profundas al interior de la comunidad.
El fenómeno está documentado en la investigación “Tamaletón: el lugar donde vendieron a los dioses. Turismo y cultura en la Huasteca Potosina”, de la antropóloga Beatriz Vargas Hernández (Colegio de San Luis), la cual expone el dilema que enfrentan muchas comunidades indígenas: convertir su patrimonio cultural en recurso económico sin vaciarlo de su sentido espiritual.
Originalmente, la Danza del Gavilán era un ritual agrícola que se realizaba únicamente en fechas sagradas, como el 21 de marzo o a inicios de noviembre. Se llevaba a cabo en lengua tének, sin espectadores externos y sin ningún tipo de cobro. Hoy, el ritual ha sido adaptado a las dinámicas del turismo: se presenta varias veces al día cuando hay visitantes, las explicaciones se ofrecen en español, se cobra una entrada que va de los 30 a los 150 pesos, y la ceremonia se realiza en la explanada del Centro Ceremonial Cuna de Voladores, una infraestructura construida con apoyo gubernamental.
El proyecto, impulsado desde 2006, ha generado beneficios económicos para cocineras, artesanas y danzantes, pero también ha detonado conflictos internos, desconfianza en el manejo de los recursos y la percepción de que solo algunos líderes concentran el dinero y el prestigio. La investigación advierte además una dependencia de apoyos oficiales irregulares, lo que ha frenado la consolidación del proyecto, como ocurrió tras el incendio que dañó el centro ceremonial en 2011.
Otro punto crítico es el desgaste físico y simbólico de los voladores, muchos de ellos adultos mayores que deben desplazarse a ferias y eventos fuera de la comunidad, alejando el ritual de su contexto original y exponiéndose a riesgos, incluidos accidentes fatales documentados en otros grupos similares del país.
El estudio concluye que el proyecto enfrenta un “capital social débil”, es decir, falta de organización, confianza y cooperación comunitaria para manejar de manera colectiva un patrimonio común.
El caso de Tamaletón plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿el turismo puede ser una herramienta de preservación cultural o termina convirtiendo las tradiciones sagradas en mercancía?
Mientras el debate continúa, los voladores siguen ascendiendo al palo ceremonial, suspendidos entre la fe ancestral, la identidad de su pueblo y la urgencia de sobrevivir económicamente en una de las regiones más marginadas del estado.