
Por Rigoberto González
La solemnidad de los Reyes Magos, celebrada cada 6 de enero, no es únicamente una tradición asociada a regalos o festividades infantiles, sino una de las celebraciones más profundas y antiguas del cristianismo, cargada de un significado teológico que, con el paso del tiempo, ha sido relegado a un segundo plano.
Así lo expone el presbítero Felipe Santos en su artículo publicado en el portal especializado en formación católica Catholic.net, donde subraya que esta fiesta —conocida litúrgicamente como la Epifanía del Señor— es incluso anterior a la celebración de la Navidad, con registros que datan del siglo III.
De acuerdo con el autor, la Epifanía conmemora tres manifestaciones fundamentales de Jesucristo: su adoración por parte de los Magos de Oriente, su bautismo en el río Jordán y el primer milagro en las bodas de Caná. Sin embargo, la Iglesia pone el acento en la llegada de aquellos sabios provenientes de tierras lejanas, guiados por una estrella, quienes reconocieron en el Niño Jesús al Rey, al Dios verdadero y al Salvador del mundo.
Este reconocimiento, afirma el texto, marca un momento decisivo: Cristo deja de manifestarse solo a Israel y se revela a todos los pueblos de la tierra.
El padre Felipe Santos explica que los llamados “Reyes Magos” no eran monarcas en el sentido político del término, sino sabios, astrólogos o sacerdotes orientales, hombres instruidos que, al observar los signos del cielo, emprendieron un largo y peligroso viaje en busca de la verdad.
Su peregrinación simboliza la búsqueda sincera del ser humano por Dios, una búsqueda que culmina no en el poder ni en la grandeza, sino en la humildad de un pesebre.
Allí ofrecieron oro, incienso y mirra, dones cargados de simbolismo: el oro reconoce la realeza de Cristo; el incienso proclama su divinidad; y la mirra anticipa su pasión y muerte redentora.
El artículo advierte que la dimensión espiritual de esta fiesta se ha ido diluyendo frente a su carácter comercial y folclórico. No obstante, recuerda que el mensaje central de la Epifanía sigue vigente: Cristo es luz para todas las naciones, sin distinción de origen, cultura o condición social.
La adoración de los Magos representa, en palabras del autor, la primera confesión universal de fe en Jesús, un acto que invita a los creyentes a imitar su actitud de humildad, entrega y obediencia a la voluntad divina.
Finalmente, el texto concluye que celebrar a los Reyes Magos no consiste solo en preservar una tradición, sino en renovar el compromiso cristiano de buscar a Dios con perseverancia, reconocerlo en lo sencillo y dejarse transformar por su presencia. La Epifanía, afirma el padre Felipe Santos, es una llamada clara a no perder de vista lo esencial: Jesucristo es el verdadero regalo, la luz que guía incluso en medio de la oscuridad del mundo.