
Por Rigoberto González
Dentro de una galera de madera y lámina, el vapor caliente y el olor a caña cocida envuelven el ambiente, ahí no hay pantallas ni prisas: el tiempo se detiene en el trapiche, donde las manos tének siguen transformando la caña en piloncillo, el llamado oro moreno de la Huasteca.
Mientras afuera el mundo avanza a ritmo moderno, adentro se defiende una tradición centenaria, heredada de abuelos a padres y de padres a hijos, hecha de esfuerzo, paciencia y conocimiento ancestral.
El trapiche no es solo un lugar de trabajo. Es el corazón de la comunidad. Aquí conviven tres generaciones:
los abuelos que saben cuándo la miel está en su punto exacto, los padres que cargan y muelen la caña, y los niños que observan y aprenden sin darse cuenta.
Así lo documenta el estudio “El trapiche: corazón de la comunidad piloncillera Tének”, realizado por investigadores de la UASLP y la UAM (2024), donde se describe al trapiche como un espacio donde se mezclan historias, cansancio, risas, silencios y sueños.
El trabajo empieza desde temprano, la caña se corta, se lleva al trapiche y pasa por el molino, en los trapiches más antiguos, que aún representan cerca del 40 por ciento, una mula o un caballo da vueltas durante horas para sacar el jugo dulce.
Después viene la parte más delicada: la puntea, una gran olla donde la miel hierve lentamente sobre fuego hecho con bagazo, el residuo de la caña. Es ahí donde el maestro piloncillero, casi siempre el más experimentado de la familia, decide cuándo la miel está lista. Ese momento se conoce como “el punto”.
Cada familia guarda celosamente sus secretos: un movimiento especial, un tiempo exacto de hervor, una forma distinta de moldear los conos. Esos detalles hacen que ningún piloncillo sea igual a otro.
El resultado es un endulzante 100 por ciento natural, usado para café, atoles, panes, dulces y moles, y que sigue siendo parte fundamental de la cocina huasteca.
Aunque la esencia se mantiene, el trapiche también se adapta, algunos ya usan motores, otros prueban con energía solar; el bagazo ahora se aprovecha como fertilizante o material de construcción, y la melaza abre la puerta a nuevos productos, como bebidas artesanales.
El estudio lo resume así: el trapiche no solo produce piloncillo, produce dignidad, porque permite a las familias sostenerse con su propio trabajo.
Hoy, el trapiche mira hacia adelante sin soltar el pasado, jóvenes aprenden a vender directamente su producto, mujeres encabezan nuevos proyectos y la comunidad entiende que hacer piloncillo no es solo un oficio, es resistencia cultural.



