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De la cocina y el telar al sustento familiar

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Por Rigoberto González

Tancanhuitz. — Durante generaciones, cocinar, bordar y conservar las tradiciones fue considerado solo parte del trabajo doméstico de las mujeres indígenas. Hoy, en este municipio de la Huasteca Potosina, esos mismos saberes ancestrales se han convertido en una fuente de ingresos, autonomía y reconocimiento social gracias al turismo cultural.
Mujeres náhuatl y pame están transformando su conocimiento heredado —la preparación del zacahuil, los bordados tradicionales, el uso de plantas medicinales y los rituales comunitarios— en productos y experiencias que atraen a visitantes interesados en la cultura viva de la región. Este proceso no solo genera dinero, también fortalece la identidad y la economía local.
El fenómeno fue documentado en el libro “Turismo, Sociedad y Cultura: Visiones interdisciplinarias para el desarrollo”, en el capítulo “El turismo y la mujer indígena: el caso de Tancanhuitz”, de la investigadora Beatriz Vargas Hernández, donde se expone cómo el turismo abrió una oportunidad real para que las mujeres monetizaran saberes que antes no eran valorados económicamente.
Antes, todo ese trabajo sostenía a la familia, pero no dejaba recursos directos para ellas. Hoy, la venta de comida tradicional, artesanías y conocimientos culturales permite que muchas mujeres cuenten con dinero propio, decidan en qué gastarlo, apoyen la educación de sus hijos y tengan mayor voz en las decisiones del hogar y la comunidad.
Este cambio ha impactado incluso en la percepción social: su trabajo ya no es invisible, ahora es reconocido como una actividad productiva.
A diferencia de otros modelos donde la cultura indígena se “vende” sin control, en Tancanhuitz las mujeres son quienes deciden qué mostrar, cómo explicarlo y en qué condiciones. Esto evita que sus tradiciones se desvirtúen y las convierte en guardianas activas de su patrimonio cultural.
Pese a los avances, el estudio advierte que las mujeres enfrentan sobrecarga de trabajo, ya que el turismo se suma a las labores domésticas y de cuidado. También persisten limitaciones en acceso a capacitación, créditos y apoyo institucional, lo que pone en riesgo que los beneficios del turismo queden en manos de intermediarios externos.
El caso de Tancanhuitz demuestra que el turismo comunitario, bien organizado y con enfoque de género, puede ser una herramienta efectiva contra la pobreza y la desigualdad. Especialistas coinciden en que fortalecer a las mujeres indígenas es clave para un desarrollo justo y sostenible en la región.