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La Misión de San Nicolás de los Montes: tiempo y abandono

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Por Rigoberto González

Construida con rocas de río y areniscas -comúnmente llamadas “sarro”-, la Misión de San Nicolás de los Montes, en Alaquines, se levanta imponente frente a las inclemencias naturales que durante más de un siglo han golpeado su estructura. Sin embargo, el daño más severo que hoy enfrenta no ha sido causado por la erosión ni por el paso del tiempo, sino por la acción -y la omisión- humana.

De acuerdo con el cronista de Tamasopo, José Trinidad Rojas Gómez, este templo-misión representa un auténtico legado de la presencia franciscana en América. Es una edificación única en su tipo, con escasas similitudes respecto a otras misiones de su época, incluso con la que suele considerarse su “hermana” o “gemela”: la de San Nicolás Tolentino.

Basta observar con atención sus gruesos muros para descubrir detalles que revelan su origen: helechos, hojas y ramas sencillas quedaron petrificados en el relieve de las piedras extraídas directamente de los arroyos cercanos y utilizadas para levantar la construcción. No resulta extraño encontrar también restos diminutos de conchas y caracoles integrados en la argamasa que aún cohesiona la estructura, como testigos silenciosos del entorno natural del que fue tomada la materia prima.

Las rocas empleadas son notablemente porosas y ligeras en comparación con otros materiales usados por los franciscanos en distintas regiones. Aunque pudiera parecer que se utilizaba únicamente lo que ofrecía el entorno inmediato, cada misión tuvo características propias: en La Palma predominó la madera y el adobe; en Ciudad Valles, además de esos materiales, se empleó abundante piedra de corte o laja; mientras que en sitios como San Pedro y San Pablo Tanlacú -de una belleza excepcional- se adoptaron soluciones constructivas distintas. San Nicolás de los Montes no fue la excepción, sino una expresión singular de adaptación al medio.

Las dimensiones del área permiten suponer una organización compleja del conjunto religioso. Todo indica que existieron amplios jardines y huertas que aprovechaban parte del arroyo cercano, integrando el paisaje natural a la vida cotidiana de la misión.

El empaste utilizado para el revoque consistía en una mezcla de caliza y arena suave. No hace mucho tiempo surgió la versión -no comprobada, pero tampoco descartada- de que, como parte de un ritual constructivo, se habría utilizado leche de burra para hidratar el compuesto. La afirmación resulta curiosa, aunque no del todo improbable, si se considera que en la época de edificación San Nicolás de los Montes contaba con una abundante población de ganado asnal. La historia local, como muchas otras, se mueve entre la documentación y el rumor, entre lo verificable y lo transmitido de boca en boca.

Dedicado a San Nicolás de Bari, el templo se alza aún señorial y majestuoso ante los visitantes que llegan al pueblo. Quienes lo recorren coinciden en una misma sensación: la de transitar por calles que guardan silencio sobre un pasado agitado. El aire puro y fresco, a más de mil metros de altura, la vegetación permanente y el entorno natural conforman una experiencia que se fija en la memoria y difícilmente se abandona.

En 1819, esta misión atendía a una feligresía de 855 almas. Hoy, la población total del lugar ha descendido a apenas 367 habitantes. A inicios del siglo XIX, de aquellos pobladores, 230 eran de origen español; 613 correspondían a indios, castizos y mestizos; y 12 eran de origen africano. La comunidad se componía de 436 hombres y 419 mujeres.

Las cifras, como los muros del templo, hablan del paso del tiempo, de la transformación social y del abandono paulatino de un sitio que alguna vez fue centro espiritual, económico y comunitario. La Misión de San Nicolás de los Montes sigue en pie, no solo como monumento de piedra, sino como recordatorio de una historia que resiste, aunque cada día con menos voces para contarla.