
Rigoberto González
La crisis apretaba fuerte en la casa de Justino. La milpa ya no daba, la tienda fiaba poco y los estómagos en su casa crujían más que la leña seca.
Fue entonces que se le ocurrió una idea. No avisó nada. Al amanecer, agarró su sombrero y salió con paso decidido.
Pasó por la botica y compró dos píldoras comunes para la fiebre. Luego fue por su compadre Andrés.
—Acompáñame, vamos a hacer un “negocio” —dijo, con tono entre secreto y picardía.
Llegaron al ejido de San Bartolo, una comunidad lejana, desconfiada y callada.
Al primer vecino que vieron, Justino se presentó con solemnidad:
—Soy curandero. Sentí un llamado... aquí hay un enfermo grave, traigo el remedio.
La gente, temerosa y supersticiosa, no dudó. Los llevaron a casa de un viejo enfermo de fiebres.
Justino miró los alrededores. Un cerdo amarrado bajo un mezquite. Tres guajolotes picoteando cerca del fogón.
—Esto no es enfermedad común —dijo con voz grave—. Aquí hay un mal echado… y está metido en esos animales. Hay que sacarlos de aquí, lejos, para que el mal se deshaga.
Andrés, como buen compinche, los cargó y se los llevó… pero no lejos. A su casa.
El viejo tomó las píldoras y sanó a los días.
Los habitantes quedaron agradecidos. “Un milagro”, decían.
Así recorrieron ejidos, dejando placebos, llevando gallinas, patos, chivos.
Nadie sospechaba.
Hasta que llegaron a El Platanar.
Justino repitió la escena, pero al salir de la casa, un anciano lo detuvo:
—Aquí también hemos visto cosas... pero no todo lo que camina en dos patas es curandero, ¿verdad?
Y sin decir más, el viejo cerró la puerta.
Justino sintió un escalofrío.
A lo lejos, varios hombres del pueblo observaban en silencio.
Y, por primera vez, no se escuchaban animales en los corrales…
Desde entonces, nadie supo si Justino siguió caminando… o si en El Platanar alguien lo curó de su propio engaño.



