
Rigoberto González
Nadie sabía en qué kilómetro exacto comenzaba el silencio, pero los que viajaban de noche por ese tramo de la carretera 57 coincidían en algo: ahí la oscuridad parecía más pesada.
El conductor avanzaba con las luces altas, rompiendo apenas la negrura del Altiplano. Eran poco más de las dos de la madrugada y el camino estaba vacío, recto, interminable. El motor era el único sonido que lo acompañaba.
Entonces la vio.
Estaba de pie a la orilla del asfalto, inmóvil, con un vestido blanco que reflejaba débilmente la luz de los faros. No hacía señas. No parecía pedir ayuda. Simplemente estaba ahí, como si hubiera surgido de la nada.
Redujo la velocidad por instinto. Nadie debería estar solo en medio de la carretera a esa hora. Cuando el coche se detuvo, la mujer levantó el rostro. Su piel era pálida, sus ojos oscuros y profundos.
—¿Podría llevarme? —dijo con una voz casi inaudible.
El conductor asintió sin entender por qué. Ella subió al vehículo, pero él no escuchó la puerta abrirse ni cerrarse. Solo supo que, de pronto, ya estaba sentada a su lado.
Reanudó la marcha. La mujer miraba al frente. Guardó silencio durante varios minutos, hasta que finalmente murmuró:
—Es más adelante.
A medida que avanzaban, la noche pareció cerrarse sobre el coche. El aire dentro se volvió frío, pesado, y el conductor sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Intentó encender la radio, pero solo encontró estática.
—¿Todo está bien? —preguntó, sin apartar la vista del camino.
Ella no respondió.
Siguieron así un rato que pudo ser corto o eterno. En ese tramo, el tiempo parecía perder forma. Al fin, el conductor volteó hacia el asiento del copiloto.
Estaba vacío.
No hubo ruido. No hubo movimiento. La mujer había desaparecido.
Detuvo el coche bruscamente y bajó con el corazón acelerado. Miró alrededor: solo la carretera, el desierto y la noche. No había rastro de nadie.
Unos kilómetros más adelante, las luces intermitentes rompían la oscuridad. Un accidente reciente. Patrullas, una ambulancia, y un automóvil destrozado a un costado del camino. Un paramédico cubría un cuerpo con una sábana blanca.
El conductor no preguntó nada. No hizo falta.
Desde esa noche, cada vez que cruza ese tramo, no se detiene por nadie. Pero a veces, cuando el motor es lo único que se escucha y la carretera vuelve a quedarse en silencio, tiene la certeza inquietante de que alguien viaja con él, mirando al frente, esperando llegar.