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Dicen que la salvó el Santo Niño de Atocha

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Rigoberto González

María, conocía de antemano la cruel rutina que su marido Bernabé le imponía cada fin de semana. El hombre regresaba a casa embriagado, producto del aguardiente adquirido en el pueblo para compartir con sus compañeros de juerga. Golpes y humillaciones eran la constante en su relación, un ciclo de violencia familiar del que María se había convertido en víctima recurrente.
Sin embargo, aquel fin de semana, el guion macabro tomaría un giro inesperado que quedaría grabado en la memoria de la mujer. Bernabé llegó cerca de la medianoche, prácticamente ahogado en la espiral del alcohol, portando consigo la amenaza inminente de una nueva oleada de maltratos.
"María, prepárate porque ahora sí ya valiste, vámonos al monte", gritó el hombre, mientras buscaba un mecate con determinación en sus ojos enfebrecidos por el alcohol.
La abnegada mujer, resignada a su destino, se envolvió en un rebozo, consciente de que le aguardaba una golpiza o, incluso, la muerte. Entre sollozos y en silencio, María invocó al Santo Niño de Atocha, en una plegaria desesperada en busca de auxilio: "Clemente y bondadoso Infante de Atocha, acudo ante ti para decirte lo mucho que te amo y necesito..."
La pareja comenzó su trágico peregrinar desde el humilde hogar hasta la parcela familiar. Bernabé, armado con un machete y una cuerda, mientras María, envuelta en el rebozo, caminaba delante de él, entre lágrimas y rezos.
Al llegar a la parcela, el hombre, envuelto en la niebla etílica, profirió amenazas mortales: "Aquí está bueno, ahora sí te vas a morir". La cuerda fue atada a un árbol, y el salvaje ataque se desencadenó, con Bernabé golpeando a María hasta hacerla arrodillarse, sin dejar de rezar al Santo Niño de Atocha.
En el momento culminante, cuando el verdugo estaba a punto de tirar de la cuerda, María vislumbró una figura infantil junto al árbol, semejante al Santo Niño. El mecate se rompió, y Bernabé cayó como desmayado, mientras la misteriosa figura se alejaba lentamente.
María, convencida de que había sido salvada por el Infante de Atocha, regresó a su hogar, llevando consigo la certeza de que aquel fue el milagro que cambió el curso de su vida. La noche dejó de ser sólo un capítulo más en su historia de maltrato, transformándose en el punto de inflexión donde la fe se interpuso entre la vida y la muerte.