
Rigoberto González
Llueve.
Afuera las gotas golpean el techo de paja, marcando un ritmo que parece eterno.
Es de noche.
Dentro de la casa de otates, en un rincón, sobre una fogata encendida al ras del suelo, un jarro de barro hierve el café.
Mi abuela, envuelta en su rebozo, revuelve la masa para las tortillas con manos que ya aprendieron a esperar sin desesperar.
—Tu padre no ha de tardar —dice, con la voz cansada pero firme.
El croar de los sapos se mezcla con el murmullo de la lluvia.
—Están felices —dice ella—, porque por fin llovió después de tanta sequía.
Mi papá salió desde temprano. Fue a trabajar al viejo alambique. Ya es tarde. Muy tarde.
A lo lejos, se oye el ladrido de un perro solitario.
—Ha de venir ya cruzando el arroyo —agrega la abuela, sin alzar la vista.
Una lechuza lanza su silbido entre las ramas mojadas.
Mi abuela se persigna.
—Esa no canta por cantar…
Yo, sentado en una silla de palma, fijo los ojos en el fuego. Siento su calor, pero no me quita el escalofrío.
Miro hacia la puerta.
Sé que en cualquier momento se abrirá.
Mi abuela se detiene. Me mira. El jarro burbujea.
Y entre la lluvia… se escuchan pasos. Lentos. Arrastrados.
Pero nadie toca la puerta. Nadie la abre.
Solo queda el chillar de la lechuza… y la llama temblando sobre la leña...