Las visitas...

Rigoberto González

El dictamen del médico del pueblo fue contundente, hiriente, de cruda realidad:
—No hay nada más que hacer. Es mejor prepararse… para el velorio.
Las palabras golpearon el pecho de Julián como un tiro seco. Lo repitió en su cabeza una y otra vez, sin poder detener la marea oscura que se levantaba dentro. El doctor la había auscultado dos veces, solo para confirmar lo que el corazón ya sabía y no quería escuchar: la enfermedad estaba ganando.
Ahí estaba ella. María. Su madre. Pequeña, frágil, con la piel como papel viejo y los ojos aún brillantes, como si la vida se resistiera a apagarse del todo. Había criado sola a tres hijos, enterrado a uno, visto marcharse a los otros dos… y ahora, era ella quien se quedaba.
Esa noche fue la más larga. Julián la sentó en el catre junto a la ventana, y se quedó a su lado mientras la lámpara de petróleo apenas parpadeaba.
María no lloraba. Solo miraba el techo… como si esperara algo. O a alguien.
—Ya vienen por mí —susurró de pronto, con voz clara—. Mira, ahí está tu padre… igual de terco que siempre. Y está la comadre Lupe… la que murió en el '93.
Julián no vio a nadie. Pero no se atrevió a decirle que no había nadie ahí.
Las noches siguientes se repitieron igual. Las visitas llegaban una por una. Algunas con nombres. Otras solo con susurros. María las saludaba, platicaba bajito… y luego dormía. Cada amanecer, parecía más liviana, más lejos.
Una madrugada, ya no habló. Solo sonrió.
Julián supo que quedaban pocas horas.
Se levantó, encendió el fogón y puso café...