La última función del cine ambulante

 

Rigoberto González

Un montón de chamacos corría detrás de la camioneta amarilla, tragando polvo y gritando a todo pulmón, la manejaba un hombre ya grande, de pelo cano y mirada cansada, de esas que han visto mucho camino.
Desde una bocina vieja anunciaba el cine ambulante; la voz salía rasposa, pero para los niños sonaba a fiesta.
En esos años todavía llegaba el cine a los pueblos, a veces era una carpa remendada, a veces una camioneta como esa. Bastaba un salón prestado, una pared blanca o una sábana colgada para que el pueblo entero se juntara al caer la noche.
La noticia corrió rápido.
Los muchachos se bañaron a la carrera, se pusieron la mejor camisa. Las familias sacaron bancos y sillas, la plaza, que de día dormía, empezó a llenarse de gente.
Doña Juana frió papas como nunca.
Pedro fue por más hielo para los raspados.
Isidro abrió cocos sin descanso.
Cuando había cine, todos vendían mejor.
Al oscurecer, el proyector empezó a zumbar: La película era La banda del carro rojo, en la pantalla hubo balazos, traiciones y justicia a la brava.
La gente reía, comentaba en voz baja, se metía de lleno en la historia. Por un rato, el pueblo se olvidó de todo.
Al terminar la función, el hombre guardó su equipo con calma, subió a la camioneta amarilla y se fue sin hacer ruido.
Al amanecer, la encontraron en un potrero, chamuscada, con el motor todavía caliente.
Dentro estaba él, muerto.
Nadie supo qué pasó.
Se habló de asalto, de venganza y hasta de cuentas pendientes.
Desde entonces, el cine no volvió.
La plaza quedó muda los fines de semana.
Y cada vez que alguien recuerda aquella camioneta amarilla, también recuerda que una noche el cine llegó al pueblo… y se fue para siempre.