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Naranjas bajo la luna...

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Rigoberto González
 
Nos movíamos como sombras entre la maleza, guiados por la luz pálida de una luna creciente atrapada entre nubarrones.
Solo ella parecía entender nuestra urgencia.
Mi abuela… no duraría mucho más.
El médico había sido claro:
“Jugos de tomate y naranja, todos los días, sin falta.”
Pero en casa no había naranjas.
Ni dinero.
Ni tiempo.
Solo una necesidad desesperada de hacer algo. De no quedarnos de brazos cruzados.
Mi padre regresó del jornal con la mirada de quien ya ha llorado hacia adentro.
Colgó su sombrero, tomó el morral y me dijo:
—Vamos.
Cruzamos el monte rumbo a un viejo naranjal. Nadie lo reclamaba, pero todos lo respetaban.
Estaba junto al pozo abandonado, donde empezaban las leyendas.
Donde los perros no ladraban… solo aullaban.
Las ramas secas crujían bajo nuestros pasos.
Las naranjas brillaban apenas bajo la luna, como si supieran que las necesitábamos.
Las recogíamos deprisa, en silencio.
Y entonces…
un aullido. Largo. Roto.
El tipo de sonido que hace temblar a la tierra.
Mi padre se detuvo en seco.
Sus ojos buscaron entre la oscuridad.
Yo apreté las naranjas contra el pecho como si fueran milagros.
Y entonces lo vi.
Junto al pozo… algo se movía.
No era un animal.
No era humano.
Era otra sombra.
Una que no éramos nosotros.
Corrimos sin mirar atrás.
Con los morrales llenos… y el corazón aún más.
Al llegar, la abuela dormía.
Le preparamos el jugo.
No despertó.
Pero sus labios estaban tibios.
Como si aún nos esperara.
Afuera, los perros aullaban de nuevo...