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Dos hojas: El amor no se quedó… pero nunca se fue

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Rigoberto González



“Hay recuerdos que no hacen ruido cuando regresan, no golpean, no avisan sólo respiran”

El viejo baúl se abrió con un gemido seco y el aire se llenó de polvo, de madera cansada y de años contenidos, las fotografías viejas se deslizaron sin orden, pero María apenas las vio.
Su atención se fue directo al fondo, al lugar donde el tiempo suele esconder lo que no pudo olvidar.
Ahí estaban.
Dos hojas amarillentas.
Dobles.
Frágiles.
Definitivas.
Las tomó con cuidado, como si aún quemaran, y entonces, sin darse cuenta, dejó de estar en su casa, la ciudad cambió de color, los ruidos se suavizaron y la década de los noventa volvió a envolverlo todo.

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El apareció una tarde cualquiera, bajo un cielo naranja que parecía no querer apagarse, se conocieron caminando sin prisa por avenidas largas, de esas donde el atardecer se queda suspendido como una promesa.
Él hablaba poco, pero cuando lo hacía, miraba directo a los ojos.
—Me gusta cómo caminas —le dijo una vez—. Como si no le debieras nada a nadie.
Y así comenzaron.
Las idas al cine se volvieron ritual.
Se sentaban en la última fila, no para esconderse, sino para sentirse solos entre la multitud.
Él tomaba su mano antes de que iniciara la película y no la soltaba, ni siquiera cuando los créditos terminaban, salían comentando escenas que no habían visto del todo, porque estaban demasiado ocupados mirándose de reojo.
Caminaban la ciudad como si fuera de ellos.
Bancas de parques, cafés pequeños, paradas de camión donde el tiempo parecía estirarse sólo para verlos reír.
Las conversaciones se alargaban hasta doler.
—Si algún día esto se acaba —dijo ella una noche—, quiero que sepas que fue real.
—No va a acabarse —respondió él, sin prometer—. Hay cosas que simplemente son.
Él la miraba como se miran las cosas que se respetan. Nunca le pidió que cambiara, nunca la empujó a ser otra.
—Tu fuerza está en no parecerte a nadie —le decía—. No la pierdas nunca.
Las tardes se volvieron eternas.
Atardeceres que se despedían lentamente, besos largos apoyados en el cofre del coche, silencios cómodos donde no hacía falta decir nada.
Era un amor profundo, contenido, casi solemne, de esos que no presumen, pero dejan huella.
Él empezó a notarse cuando el mundo comenzó a exigir más de lo que el amor podía dar.
Las responsabilidades crecieron.
Las ausencias se volvieron frecuentes.
No por desamor, sino por vida.
—No quiero perderte —dijo ella una noche, con la voz rota.
—No te estoy dejando —respondió él—. Sólo… no sé cómo quedarme.
La ciudad seguía igual, pero algo se había quebrado.
Los cines ya no eran refugio.
Los atardeceres empezaron a doler.
Las manos se soltaban antes.
Él llegó sin escándalo, como llegan las despedidas que duelen de verdad.
Se encontraron por última vez en el mismo lugar donde todo comenzó.
El cielo, irónicamente, estaba hermoso.
Él sacó del bolsillo dos hojas dobladas.
—Esto es lo único que puedo darte sin mentirte —dijo.
Ella leyó ahí mismo.
Palabras que hablaban de respeto, de pureza, de fidelidad, de fuerza.
De admiración.
No era una promesa.
Era una despedida escrita con amor.
Cuando terminó, las manos le temblaban.
—¿Y nosotros? —preguntó.
Él bajó la mirada.
—Nos quedamos aquí.

No hubo besos.
No hubo lágrimas escandalosas.
Sólo un abrazo largo, tenso, definitivo.
De esos que se sienten como arrancarse algo del pecho.

Él se fue sin mirar atrás.
Ella se quedó con las hojas… y con el vacío.

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Ahora, María estaba de nuevo frente al baúl.
Las hojas en la mano.
El corazón quieto, pero sensible.
Las dobló con cuidado y las guardó donde siempre estuvieron.
Cerró el baúl.
Porque hay amores que no terminan…sólo aprenden a doler en silencio.