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Un trago de aguardiente...

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Rigoberto González

El atardecer del sábado cayó denso, como si la sierra entera contuviera el aliento. En la tienda de don Lauro, al pie del camino, el aguardiente empezaba a correr más que las palabras.
No había música, solo el crujir de los tabiques viejos y el murmullo del viento colándose por las rendijas. Afuera, los alambres del corral vibraban solos… como si alguien —o algo— pasara sin ser visto.
—Hoy el sol se fue raro —dijo el viejo Tacho, mirando el cielo teñido de un rojo más oscuro de lo normal.
—No es el sol… es el aire. Viene distinto —respondió don Lauro, sin dejar de servir.
Los hombres bebían en silencio. Nadie contaba chistes como otros sábados. Solo miradas cortas y vasos largos.
—Dicen que por estas fechas… vuelve —susurró uno, y se hizo un silencio que hasta el viento respetó.
—¿Quién? —preguntó el joven recién llegado, con la ingenuidad del que aún cree que todo tiene explicación.
Nadie respondió.
Un perro ladró allá lejos. Otro le contestó más cerca, pero como si lo hiciera con miedo. Y entonces sonó un crujido en la parte trasera de la tienda. Todos voltearon. Nadie se movió.
—¿Cerraste bien el corral? —preguntó don Lauro, casi sin voz.
—No tengo animales desde hace años —dijo Tacho.
Un vaso se cayó solo. El aguardiente se derramó despacio… igual que la sangre que una vez manchó esas tablas viejas, cuando la tienda aún tenía lámparas de petróleo y alguien juró ver un rostro en el espejo del aguardiente.
Esa noche, nadie se quedó hasta tarde.
Y al día siguiente, en la puerta de la tienda, había huellas…
pero no de humano.
Ni de animal.
—Otra vez dejó el vaso servido —murmuró don Lauro.
Y lo recogió.
Sin tocar el líquido...