La llamada...

 

Por Rigoberto González

Era de esas noches en que la nostalgia no avisa… solo llega. Silenciosa, cruel. La ciudad parecía más vacía que nunca, y en aquella vieja casa de huéspedes, el tic-tac del reloj era una tortura. La distancia no era solo geográfica: era una herida abierta, un dolor que ya vivía en la médula.

No aguantó más.

Tomó la vieja grabadora que había guardado entre su ropa como un amuleto. Buscó el cassette de Los Temerarios, ese que ya rechinaba en las partes tristes, como si la cinta también llorara. Cerró la puerta del cuarto con ese chirrido que parecía un lamento.

Caminó por calles húmedas, bajo faroles que parpadeaban como si también recordaran algo. Llegó a la caseta telefónica junto al parque: oxidada, cubierta de grafitis y telarañas, pero aún aferrada a su función.

Insertó la tarjeta.

Marcó el número con dedos temblorosos.

La espera del tono le subió el corazón hasta la garganta.

Y entonces, esa voz. Ese “¿Hola?” que sonó igual… pero más lenta, más baja, con los años encima.

No dijo su nombre. Solo apretó el “play”.

La melodía se coló por la línea como un eco del pasado. Su voz, temblorosa, grabada en otro tiempo, decía cuánto la amaba, cuánto la esperaba… cuánto dolía no estar ahí.

Del otro lado, silencio.

Ni llanto, ni palabras.

Solo un suspiro. Lento. Largo. Como si el tiempo hubiera contenido el aliento.

Y luego, la llamada se cortó.

El tono de línea ocupada llenó la caseta. Afuera, el viento movía las hojas como si aplaudieran un adiós.

Él no se movió.

Solo miró el auricular colgando y pensó…
¿Y si alguien más escuchó?
¿Y si no estaba sola?