
Por Rigoberto González
—Papá, ¿por qué en la luna hay un conejo? —preguntó el niño, alzando la vista mientras caminaban sobre el camino real, iluminado por una luna tan redonda y brillante que hacía parecer de día los campos.
El hombre sonrió apenas. No era la primera vez que su hijo hacía esa pregunta. Y, aunque ya la había respondido muchas veces, entendía que el niño no preguntaba por la historia… sino por el consuelo que traía su voz.
—Te contaré lo que mi abuelo me contó a mí… —dijo con tono sereno, mientras sus pasos crujían entre piedras y hojarasca—.
El niño escuchaba en silencio, aferrado a la mano áspera de su padre.
Sus voces suaves se mezclaban con el rumor de los maizales, como si las milpas mismas quisieran escuchar la historia.
Un aullido de coyote rompió la calma. Lejano, pero presente.
El padre se detuvo un segundo, atento. Luego siguieron caminando.
Era casi medianoche. Venían de visitar a la abuela, como cada noche.
Cuando la calle empedrada apareció frente a ellos, supieron que ya casi estaban en casa. Pero entonces, el canto agudo y seco de un ave nocturna los hizo detenerse.
El padre apretó la mano del niño.
Ambos sabían lo que eso significaba.
Y sin decir nada más… tomaron un desvío.
La luna siguió brillando...