El presagio

Por Rigoberto González

La gota de agua golpeaba el cántaro, una y otra vez, bajo el árbol de aguacate.
No hacía mucho que había dejado de llover.
El viejo Bernardino estaba de cuclillas afuera del jacal.
La mirada perdida en la negrura de la noche.
Adentro, el cuerpo de su compadre era velado.
Llegaban rezos, suaves como susurros:
Padres nuestros…
Avemarías…
A lo lejos ululaba un tecolote.
Bernardino pensaba en cómo su compadre se fue quedando sin nada:
Primero rentó su parcela al cacique; al último terminó vendiéndosela.
Vendió sus burros.
A los meses murió su esposa.
Y ahora, hasta su alma se marchaba del cuerpo.
El viejo se encogió un poco más, sintiendo la humedad en la tierra.
El olor del pasto mojado, del humo del fogón, todo parecía envolverlo en silencio.
Y pensó: quizá eso que le pasaba a su compadre era un presagio…
Apenas la semana pasada el cacique le pidió que le rentara su parcela.
Bernardino cerró los ojos un instante,
y la gota siguió cayendo, constante, como si marcara el tiempo que le quedaba...