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Los mensajeros de la noche

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Por Rigoberto González

La noche envolvía el ejido en una quietud densa y temerosa. Raquel, sola en su cabaña, se revolvía inquieta en su catre, sacudida por un desasosiego que le impedía dormir. Afuera, los coyotes aullaban, y el ulular del búho retumbaba en la lejanía.
Sabía que las aves nocturnas, en su creencia, traían augurios de muerte. Tras largas horas de espera, al fin el sueño se apoderó de ella, aunque la inquietud persistió hasta el amanecer.
Durante el día, la sensación de un mal inminente la perseguía. Intentó sacudírselo de encima, pero algo le decía que alguien cercano estaba en peligro. A cientos de kilómetros, su hermano Jorge apuraba el paso hacia la fábrica, donde un bono de puntualidad lo esperaba.
Sin embargo, el destino lo alcanzó en un cruce de una avenida, y en un segundo de distracción, un coche lo embistió. Jorge fue trasladado de emergencia al hospital, donde su vida pendía de un hilo.
Esa noche, la sensación de desasosiego en Raquel se intensificó. Nuevamente, el tecolote se posó en su ventana, sus ojos como brasas reflejando la penumbra. Raquel lo ahuyentó, pero el mal presagio permanecía en el aire, como un veneno que no podía expulsar. El tercer día, un carpintero picoteaba insistentemente el tronco de un árbol cerca de su casa, como si quisiera advertirle de algo.
El último golpe resonó en su mente, llenándola de pensamientos sombríos sobre su familia.
Esa noche, la habitación parecía más oscura, y el tecolote volvió a aparecer en el techo, ululando una última vez antes de partir. Un escalofrío recorrió a Raquel cuando un chiflido quebró el silencio, el inconfundible llamado de una lechuza. En ese preciso instante, Jorge, en su lecho de hospital, dio su último aliento.
Raquel sintió una presencia extraña en su cuarto, una sombra difusa que parecía danzar en las esquinas oscuras. Aunque nunca lo había hecho antes, se levantó de su catre y salió al exterior, buscando una señal de que todo era producto de su imaginación. La noche estaba callada y solitaria; el viento soplaba suavemente, y el tecolote ya no estaba.
Regresó a su cabaña, pero al cruzar el umbral, la recorrió un temblor, un escalofrío inexplicable que se posó en su nuca. Sentía que alguien más estaba allí, observándola desde el rincón más oscuro de la habitación. Se acercó, tratando de ver entre las sombras, y fue entonces cuando escuchó, apenas perceptible, un susurro:
“Raquel…”
El escalofrío se intensificó. ¿Era real o era su mente jugando con ella? Miró alrededor, buscando respuestas en la oscuridad, pero no encontró nada.
El silencio volvió, y entonces, una última vez, el ulular del tecolote resonó en la distancia, como una promesa de que algo, o alguien, regresaría.