Los altitos de Santa Rita

Por Rigoberto González

"El silencio puede gritar tan fuerte como un trueno cuando el miedo es real."


La tormenta se había llevado la tarde, pero lo peor aún no caía del cielo. Era 1998 y, entre los pueblos de Tamuín y San Vicente, una noche maldita estaba por escribirse en los montes de Santa Rita.
Los caminos de lodo eran un castigo por cada paso, pero los verdaderos horrores no estaban en la tierra, sino al borde del monte, donde la realidad se desdobla.
Él era instructor comunitario de primaria; esa noche tenía que cruzar el río para llegar con su compañero, otro maestro de Conafe Tenían reunión en Ciudad Valles al amanecer, y solo una camioneta que recogía leche era su única forma de salir.
Los niños no fueron a clases ese viernes. Llovía con furia y los truenos sacudían la selva como advertencia. Pero al caer la noche, todo se detuvo. El cielo se abrió en calma. La luna llena, desafiante, iluminó el campo con un resplandor casi sobrenatural.
—Maestro, no salga... no sabe lo que se pueda encontrar por esos caminos después de la lluvia —le dijo la señora que cuidaba la escuelita.
Pero él, terco y confiado, se colgó su mochila con los manuales que evaluaría al día siguiente, y se aventuró al lodo espeso de la madrugada. Caminó durante media hora, solo, sin luz, sin casas cercanas, solo el crujir del agua bajo sus pies y el zumbido de insectos que habían vuelto a la vida tras la tormenta.
Fue en "Los Altitos", una franja de tierra con montículos extraños, donde lo irreal quebró la noche. La luz de la luna se volvió más intensa, casi cegadora, y entonces la vio.
Una anciana de cabello largo y blanco como la calavera, erguida en un bastón, vestida con una bata que parecía brillar por sí sola. No hablaba. No se movía.
Y entonces, las voces.
—¡Agárralo! ¡Ahí va!
—¡Ya pasó, va para allá!
—¡Que no se vaya!
Eran risas y susurros de niños... adolescentes, ocultos tras el monte. Voces de quienes no deberían estar allí, no tan tarde, no con esa risa tan rota. Él pensó que tal vez eran muchachos cuidando animales. Se convenció a sí mismo. Caminó.
Al pasar junto a la anciana, la saludó.
—Buenas noches, con permiso.
Pero no obtuvo respuesta. Solo el sonido de sus propios pasos... y luego, la sensación helada en la nuca.
Voltea.
Lo hizo. No había nadie.
Ni la mujer.
Ni la luna.
Ni las voces.
Nada.
Corrió. Corrió como si el mismo diablo le pisara los talones. A veinte metros encontró la choza donde dormía su compañero. Entró pálido, temblando, sin poder hablar. Esa noche, el otro maestro no durmió: lo escuchó gritar, manotear en sueños, repetir una y otra vez:
—¡Yo la vi! ¡Yo la vi! ¡No puede ser que desapareciera...!
Nunca supieron quién era la anciana.
Ni de dónde salieron esas voces.
Tampoco por qué, desde esa noche, los montículos de "Los Altitos" ya no parecen de tierra…
sino de algo que alguien —o algo— dejó enterrado allí.
Y el camino aún sigue ahí. Esperando que alguien más decida cruzarlo...