
Por Rigoberto González
A las cinco de la mañana, en el silencio profundo de la madrugada, Osiel detuvo su coche bruscamente. Frente a él, en medio de la calle, una figura diminuta caminaba sola, descalza, bajo el débil resplandor de las luces de la calle. Era una niña.
Estaba apenas cubierta por un camisón ligero, el cual ondeaba con la brisa fría de la madrugada. Osiel sintió un escalofrío recorrerle la columna. ¿Qué hacía una niña tan pequeña sola, a esa hora, en un lugar desolado?
Se bajó del auto lentamente, como si un instinto primitivo le advirtiera que algo estaba fuera de lugar, que lo que veía no era normal.
Se acercó con cautela, su respiración pesada y la piel de gallina. “¿Dónde están tus papás, pequeña?”, le preguntó en un susurro. La niña lo miró con unos ojos enormes y vacíos, incapaces de articular una sola palabra.
No lloraba, no mostraba miedo. Simplemente, estaba ahí, como si estuviera en un trance.
Osiel intentó hacerla hablar, preguntarle su nombre, su dirección, pero ella solo lo miraba en silencio, como si no pudiera comprender el mundo que la rodeaba. Sin otra opción, llamó al número de emergencias.
Al poco tiempo, una patrulla llegó al lugar, y con la ayuda de la niña, los policías lograron dar con su domicilio, una pequeña casa en popular colonia.
La madre y la abuela abrieron la puerta, desconcertadas y somnolientas. Ambas aseguraban que la niña había estado durmiendo profundamente toda la noche en su cama, en un cuarto cerrado con llave. Ninguna había escuchado la puerta abrirse, ni un solo ruido que pudiera alertarlas de que la pequeña se había marchado.
Cuando los agentes les explicaron dónde la habían encontrado, las mujeres se miraron con un miedo compartido.
La abuela, con voz trémula, confesó que aquella no era la primera vez que algo así sucedía. En la casa ocurrían cosas inexplicables. Cosas que, según ellas, no podían atribuirse a la lógica o a las travesuras de una niña pequeña.
Señaló una esquina de la habitación, donde decía haber visto en varias ocasiones sombras pequeñas y deformes, ojos que destellaban en la oscuridad y risas suaves que apenas lograban escucharse.
“Son duendes”, susurró la abuela, con un temblor en su voz. “Ellos se la llevan cuando no miramos. A veces, la regresan, a veces no…”
Los policías intercambiaron miradas escépticas, sin saber qué responder. Para ellos, era solo una niña que se había escapado de su casa en un descuido. Pero Osiel, que observaba la escena desde la puerta, sintió que la piel se le erizaba de nuevo. Algo en los ojos vacíos de la niña le había perturbado.
Algo que él tampoco podía explicar.
La patrulla se alejó de la colonia y Osiel se marchó con el misterio pesando sobre sus hombros. Esa noche no pudo dormir, perturbado por el recuerdo de aquella niña inexpresiva, caminando sola en la madrugada.
Al día siguiente, en el mismo lugar donde Osiel había visto a la niña, solo quedaba un par de huellas pequeñas sobre el polvo del camino. Nadie sabía a ciencia cierta si esas huellas pertenecían a la niña... o a algo más pequeño, algo que dejaba huellas diminutas pero imborrables en la vida de quienes las encontraban.



