
Por Rigoberto González
El eco de los pasos rompía el silencio de la madrugada.
Uno tras otro.
El canto de los grillos se había extinguido.
La oscuridad era más densa que nunca.
El hombre intuía que estaba por amanecer.
El bullicio de la fiesta patronal aún vibraba en su cabeza, aunque el aguardiente ya se había disipado.
Un paso. Luego otro. Y otro más.
En la carretera solitaria todo era sombra;
solo la raya blanca al centro parecía brillar,
como si fuera la única guía en medio de la nada.
Negros nubarrones ocultaban a la tímida luna de noviembre.
Ni un gallo, ni un murmullo del monte.
Solo él, sus pasos y sus pensamientos.
“Ya pasé por la curva del diablo…”, murmuró para sí.
Entonces, dos luces lo cegaron.
El rugir de un motor.
Un golpe seco.
El rechinar de las llantas.
La camioneta huyó.
La oscuridad regresó.
En el pavimento quedó tendido el cuerpo inmóvil.
Una brisa helada levantó las hojas secas en remolino.
El alba llegó despacio, iluminando la tragedia.



