
Por Rigoberto González
En la Huasteca —región que abarca zonas de Veracruz, Hidalgo y San Luis Potosí— los cerros más sagrados no se visitan caminando: se recorren en sueños. A través de ellos, curanderos, músicos y rezanderos de los pueblos náhuatl y tének reciben mensajes de sus deidades, aprenden a curar con plantas, a tocar música tradicional y a pedir la lluvia que alimenta sus cosechas. Esta práctica ancestral sigue viva y sostiene la identidad cultural de la región.
La revelación forma parte del estudio “Cerros sagrados y sueños en la Huasteca”, realizado por el antropólogo José Joel Lara González, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), y publicado en 2025 en la revista académica Cuicuilco, resultado de años de trabajo de campo y testimonios directos de las comunidades.
De acuerdo con la investigación, no todos los sueños son iguales. Existe el sueño común, el de cualquier persona al dormir, y el “soñar especializado”, que solo experimentan quienes tienen un don: curanderos, parteras, músicos y rezanderos. Para ellos, dormir es una misión. En esos sueños, su espíritu —al que llaman “sombra”— sale del cuerpo y viaja al interior de cerros sagrados como el Postectitla, en Veracruz, o el T’idhoch Tsén, en San Luis Potosí.
Dentro de esos cerros, según la cosmovisión indígena, habitan los “dueños” del lugar: seres antiguos o deidades del agua como la Apanchaneh (náhuatl) o la Bokóm Mím (tének). Ahí se guarda todo lo necesario para la vida: agua, semillas, plantas medicinales y también la cultura, como la música, los cantos, las danzas y los bordados. Los cerros son vistos como grandes bodegas de la naturaleza que nunca se vacían.
El estudio documenta casos concretos como el caso de Benito, músico y rezandero tének de San Luis Potosí, relató que de niño sufría intensos dolores de cabeza y sueños inquietos, durante un ritual, soñó que entraba a una cueva llena de maíz de colores y escuchaba una melodía, un niño tocaba un rabel —instrumento de cuerda tradicional—, al tomarlo, Benito comenzó a tocar sin haber aprendido antes, al despertar, había recibido el don de la música, que hoy comparte con su comunidad.
Esta relación espiritual también organiza el territorio, los cerros lejanos y grandes son llamados “Gobernadores”, y los cercanos, “Secretarios”, aunque las ofrendas físicas se hacen en los cerros pequeños, el vínculo profundo con los mayores se mantiene a través de los sueños y las oraciones, a esta forma de entender la tierra se le llama etnoterritorio, es decir, la manera en que un pueblo vive, cuida y se relaciona con su entorno.
La importancia de esta investigación radica en que demuestra que, en pleno siglo XXI, siguen existiendo en México sistemas de conocimiento vivos que integran mente, espíritu y naturaleza, para estos pueblos, los sueños no son fantasías: son una herramienta real para cuidar el agua, la comida y la cultura frente a amenazas como el cambio climático y la pérdida de tradiciones.



