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El eco de la misa

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Por Rigoberto González 

El sermón del sacerdote Rosalío resonaba dentro de aquella iglesia antigua, levantada a base de piedra. Las mujeres, con la cabeza cubierta por velos negros, medio adormiladas, intentaban seguir las palabras del presbítero.

Afuera, las sombras de la noche iban ganando terreno. Sobre la Sierra Madre Oriental, el sol se retiraba lentamente, dejando una estela naranja antes de desaparecer.

Era domingo.

Para entrar a la iglesia de San Diego de Alcalá había que cruzar unas puertas imponentes, labradas en madera vieja. El mosaico del piso, gastado por los años, parecía desmoronarse bajo los pasos de los fieles.

Ahí, entre esas losetas carcomidas, un niño de no más de cinco años volaba con la imaginación. Jugaba siguiendo las figuras del piso mientras la voz del sacerdote rebotaba en su cabeza y, poco a poco, se iba diluyendo.

Entonces aparecieron otras escenas.

Un camino polvoriento.

Por la vereda bajaba un hombre acompañado de su burro. En el recodo del sendero lo amarraba a una cerca vieja y seguía solo hacia el pueblo.

Atardecía.

El sol se ocultaba detrás del cerro, redondo y naranja. Al rato, el hombre volvía sobre sus pasos, desataba al animal y emprendía el regreso al jacal.

En el morral llevaba una medida de maíz, un poco de frijol, un litro de petróleo y medio litro de aguardiente.

Allá, bajo un árbol de lima, lo esperaban su mujer y sus hijos, sentados sobre una piedra, aguardando el final del día.

La voz firme del padre Rosalío, al dar la bendición final, devolvió al niño a la realidad.

Jacinto sostenía entre los dedos un pedazo suelto de mosaico.

Su padre lo tomó del brazo.

La misa había terminado.

Padre e hijo cruzaron la puerta pesada de la iglesia. Afuera, sobre la calle empedrada, un hombre con el morral al hombro y un burro se perdía en el horizonte, envuelto en la poca luz que le quedaba al día.